Lo que pasa entre dos, se queda sólo entre dos. Ésa ha sido siempre una
verdad absoluta. Nadie ajeno a dos miradas, a dos brazos, a dos cuerpos y
un sentido, puede lograr explicar lo que le sucede al mundo cada vez
que dos se gustan. A veces —y me reservo el “siempre” por si creen en
los milagros— ni siquiera entre ellos consiguen entenderse, descifrarse,
discernirse, definirse. Y es lo bonito de todo, encontrarte frente a
alguien que no tiene explicación, que por alguna razón puede parar el
planeta, y ambos, sin darse cuenta se mudan a un mundo aparte, en donde
nadie los toca, en donde los mira. Y el universo es entonces sólo una
cosa de dos.

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